Celebrando la vida: Pintar de nuevo
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Celebrando la vida: Pintar de nuevo

La ventana estaba triste, el espejo estaba triste, el paisaje estaba triste, hasta mi cepillo de dientes estaba triste. Lo supe desde el primer instante en que abrí los ojos y sentí que el día pesaba más de la cuenta. La luz entraba tímida, sin ganas, como si también ella dudara de atravesar el vidrio. Afuera, los árboles parecían haberse puesto de acuerdo para no moverse, y el cielo, pálido, era una sábana sin historias. Me levanté arrastrando los pies, como quien no espera nada de lo que viene. La casa, cómplice silenciosa de mi ánimo, crujía con una tristeza antigua. El reloj marcaba el tiempo con una indiferencia casi cruel. En el baño, el espejo me devolvió un rostro apagado, sin brillo, con los colores borrados por el cansancio de los días iguales. Hasta el cepillo de dientes, apoyado en su vaso, parecía reprocharme la rutina, la falta de entusiasmo, el abandono de los pequeños rituales que antes me salvaban. Una vez contemplé mi reflejo en el espejo, entendí que tenía que poner color a mi día o estaría perdido. No era una frase heroica ni una revelación mística, era una certeza simple y urgente: nadie vendría a rescatarme de esa paleta de grises. O decidía pintar mi jornada con mis propias manos, o me quedaría atrapado en la tristeza, como un cuadro olvidado en un sótano. Tomando esa decisión, comencé a llenar de color el espacio en que vivía. Abrí las ventanas de par en par, dejando que el aire entrara con su olor a calle y a vida. Puse música, no para escucharla, sino para sentirla, para que las paredes recordaran que alguna vez vibraron. Cambié de lugar una silla, moví una planta, limpié el polvo como si al hacerlo barriera también las sombras. Preparé el café con cuidado, como un acto solemne, y lo bebí despacio, agradeciendo el calor en las manos. Elegí una camisa que llevaba tiempo guardada, de un color atrevido, casi insolente para mi ánimo de esa mañana. Sonreí, primero de manera forzada, luego con algo más de verdad. El espejo, testigo de ese pequeño milagro, empezó a devolver una mirada distinta. El paisaje también comenzó a transformarse. No porque hubiera cambiado afuera, sino porque yo lo miraba de otra manera. El cielo tenía matices que antes no veía, los árboles parecían susurrar historias, y la luz, por fin, se atrevió a entrar con generosidad. Hasta el cepillo de dientes, en su rincón, dejó de estar triste; quizá porque entendió que la tristeza no era su destino, sino un estado pasajero. Ese día aprendí que la alegría no siempre llega sola, que a veces hay que invitarla, preparar la casa, poner la mesa, encender las luces. Aprendí que la tristeza puede transformarse en alegría cuando uno se atreve a elegir el color, aun con las manos temblorosas. Y desde entonces, cada mañana, antes de que el día decida por mí, me miro al espejo y recuerdo que siempre puedo volver a pintar mi día e invocar el nombre de Dios para que me ayude a hacer el milagro.

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