Cuando el ruido habla
En no pocos hogares y espacios educativos surge hoy una pregunta insistente: ¿por qué tantos jóvenes optan por músicas estruendosas, de volumen alto y ritmo envolvente? Lejos de tratarse solo de una moda pasajera, este fenómeno revela una necesidad profunda. Vivimos una época de anestesia emocional marcada por rutinas repetidas, pantallas omnipresentes, presión por rendir y una incertidumbre social que erosiona la esperanza. En este contexto, el estruendo rompe el adormecimiento. No siempre se busca melodía; se busca sensación. Como expresan algunos jóvenes: “si no vibra el cuerpo, parece que no pasa nada”. Conviene advertir, además, que el ruido exterior suele tapar el ruido interior. Ansiedad, rabia, miedo, frustración o soledad encuentran en la música intensa una forma de defensa. Así, más que placer, se convierte en analgésico emocional. A ello se suma que, en una cultura excesivamente mental y evaluadora, el cuerpo reclama protagonismo: vibrar, saltar, sudar, descargar tensión. De este modo, la música ensordecedora pasa a ser, para muchos, una estrategia espontánea de autorregulación emocional. Por otra parte, el volumen alto crea pertenencia. Allí donde la identidad es frágil y los vínculos escasos, el estruendo reúne: nadie está solo, nadie juzga, todos sienten lo mismo al mismo tiempo. No es casual que Byung-Chul Han advierta que habitamos una sociedad saturada de ruido, pero empobrecida en escucha auténtica. En consecuencia, el joven sube el volumen para existir, para ser percibido y reconocido. Ahora bien, si el estruendo es un síntoma, la cuestión decisiva no es combatirlo, sino acompañar un proceso interior. ¿Cómo ayudar al joven a valorar lo opuesto sin negar su mundo? La respuesta no está en prohibir, sino en educar la estatura del hombre interior, de modo que pueda habitar un universo de exterioridades sin caer en excentricidades ni dependencias. Ante todo, es necesario educar el silencio. No el silencio impuesto, sino el silencio habitado: momentos breves y constantes para caminar sin audífonos, escribir, respirar, orar o simplemente estar. Lejos de empobrecer, el silencio ensancha. No en vano Ludwig van Beethoven afirmaba que “la música es el silencio entre las notas”. Aprender a habitar ese “entre” fortalece la interioridad y ordena la vida. Asimismo, es fundamental cuidar los vínculos: la familia como casa-corazón basada en el diálogo y la presencia; la escuela educando mente, emoción y cuerpo; las iglesias ofreciendo interioridad, servicio y contemplación; y la sociedad creando espacios reales de participación juvenil. Del mismo modo, conviene educar el gusto y el criterio. No se trata de imponer estilos, sino de enseñar a escuchar, comparar y discernir: música, arte, lectura y deporte consciente. Cuando el gusto madura, el volumen deja de ser imprescindible. En definitiva, ofrecer sentido es esencial: el servicio, el compromiso y la responsabilidad generan una fortaleza interior más profunda que cualquier estímulo externo. El desafío no es bajar el ruido, sino fortalecer la vida interior, para que el joven, cultivando silencio, vínculos, criterio y sentido, viva en un mundo ruidoso sin quedar dominado por él.