Cuando el Estado pierde el método
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Cuando el Estado pierde el método

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  • El mayor riesgo para República Dominicana no es externo, es la pérdida del método estatal

    El mundo está entrando en una fase de reordenamiento acelerado. Geopolítica, tecnología, energía y cadenas productivas están redefiniendo las reglas del juego global. Foros como Davos ya no operan como espacios de consenso, sino como vitrinas del mundo que se está configurando: más competitivo, más fragmentado y menos indulgente con los países que no se adaptan a tiempo.

    En ese contexto, el principal riesgo para la República Dominicana no es externo. Es interno.

    No es ideológico. No es de recursos. No es de talento humano.

    Es la pérdida progresiva del método del Estado para gobernar, ejecutar y anticipar.

    Cuando un Estado pierde el método, deja de conducir y empieza a reaccionar. Las decisiones se vuelven coyunturales, la planificación se fragmenta y la política pública se transforma en una sucesión de anuncios sin continuidad. El problema no es la falta de movimiento, sino el movimiento sin dirección.

    La Estrategia Nacional de Desarrollo 2030 es un buen ejemplo. Concebida como un pacto de largo plazo para romper con la improvisación crónica de la cultura política dominicana, su diseño es sólido, coherente y fruto de un amplio consenso nacional. Es mandato constitucional y ley orgánica de cumplimiento obligatorio.

    Sin embargo, su ejecución ha sido intermitente, débil y errática.

    No por fallas conceptuales, sino por ausencia de disciplina institucional, falta de priorización real y carencia de mecanismos efectivos de seguimiento. Planificar sin ejecutar no es gobernar; es administrar expectativas.

    El problema, por tanto, no es la ausencia de hojas de ruta. Es la incapacidad del Estado para convertirlas en decisiones sostenidas en el tiempo. Sin método, los planes conviven, compiten y terminan neutralizándose entre sí. La planificación se vuelve retórica. La acción pública pierde coherencia.

    Esta debilidad es especialmente grave en el contexto actual. Países pequeños y abiertos como el nuestro no tienen margen para la improvisación. La transformación tecnológica, la transición energética y la reconfiguración geopolítica están generando oportunidades y riesgos simultáneamente. Llegar tarde no es una opción neutra: es costosa.

    La inteligencia artificial ya se perfila como una nueva línea de fractura global. El Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca lo advirtió recientemente: el mundo se acerca a una segunda gran divergencia tecnológica que puede empujar a muchos países a una nueva periferia del subdesarrollo. Sin método, no hay forma de subirse a tiempo.

    Un Estado que pierde el método tampoco detecta a tiempo sus propias fallas. Las instituciones se deterioran sin alertas tempranas. Los problemas se descubren cuando ya son crisis. Y la gobernabilidad se resiente cuando la capacidad de control se sustituye por la administración reactiva del daño.

    Sin método, las políticas públicas no se corrigen, los errores se repiten y las crisis sorprenden al propio Estado. La gobernabilidad se debilita no por falta de legitimidad democrática, sino por incapacidad operativa.

    Reorientar el rumbo exige algo más que ajustes administrativos. Exige recuperar el método: priorizar, coordinar, medir y corregir. Exige un Estado que piense en ciclos largos, aun cuando gobierne en ciclos cortos.

    Desarrollarse hoy no requiere unanimidad, pero sí coherencia.

    No exige discursos más ambiciosos, sino decisiones mejor ejecutadas.

    No necesita más planes superpuestos, sino un Estado capaz de cumplir los compromisos que ya asumió.

    Porque un país puede sobrevivir sin consenso total.

    Pero no puede desarrollarse sin método.

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  • El autor es especialista en Gobernabilidad y Gestión Pública y fue Director de Competitividad de la República Dominicana.

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